Iusnaturalismo tomista

El parlamento y los impuestos (II): el descubrimiento de los derechos subjetivos

César García Novoa, en su reciente entrada, "La tributación de los "Youtubers", comenta como por motivos de actualidad cambió el contenido de su turno para hablar de la tributación de los youtubers, alegando la vocación informativa del Blog Taxlandia. Yo también lo veo así. Por eso seguiré hablando de la Edad Media, era a la que nos ha devuelto nuestro mundo globalizado. De la Nueva Edad Media o Neo-Medievalismo los eruditos Bull o Cerny afirman que las fuerzas de la globalización socavan cada vez más los estados-nación calificando la globalización como un "desorden duradero" lo que eventualmente conduce al surgimiento de los nuevos dilemas de seguridad que tenían analogías en la Edad Media de la Europa occidental cristiana: consolidación desigual de nuevos espacios, divisiones, conflictos y desigualdades; lealtades e identidades fragmentadas; amplio atrincheramiento de los derechos de propiedad; y expansión de las "zonas grises" fuera de la ley, así como de la economía sumergida.

Así pues, sigo con mi anterior entrada "El Parlamento y los Impuestos I: aquella Iglesia ruda y primitiva, con poder en el cielo pero también con poder, incluso militar, en la tierra, que gustaba de resolver sus disputas dogmáticas calificando al contrario como cojón izquierdo de Satanás, pronto dio un giro copernicano hacia un movimiento que predicaba la pobreza como virtud. Las órdenes monásticas, contemplativas y mendicantes se recluyeron en monasterios, donde se cultivaba el estudio de la teología y se copiaban manuscritos los textos sagrados.

traductores

En aquella Europa teñida por un manto oscuro, sucedió un hecho trascendental: la cultura bárbara entró en contacto con la cultura árabe. Y eso sucedió En España, con la reconquista. En 1236 Fernando III, padre de Alfonso X el Sabio conquistó Córdoba y su hijo descubrió allí un tesoro, la biblioteca de Córdoba: una biblioteca compuesta por cerca de 400.000 volúmenes en los que estaban todos los clásicos que no ardieran en el desastre de Alejandría. Su existencia se atribuye a Alhaken II y estaba ubicada en el alcázar califal. El Califa tenía ojeadores destacados y copistas en la ciudad de Bagdad y en Siria para que le reprodujeran obras clásicas y novedades editoriales que para el mundo occidental eran desconocidas. El arabista Ribera afirma que la producción librera anual en Córdoba era de 80.000 volúmenes. El islamólogo holandés Dozy afirmó que sólo el catálogo de su biblioteca se componía de 44 cuadernos, y no contenía más que el título de los libros, y no su descripción. Algo empezó a suceder entorno al redescubrimiento de los clásicos. A partir de 1085, año en que Alfonso VI conquistara Toledo, la ciudad se constituyó en un importante centro de intercambio cultural.

El arzobispo don Raimundo de Sauvetat aprovechara una cultura de respeto y convivencia que impregnaba entonces España, para impulsar diferentes proyectos de traducción cultural demandados en realidad por todas las cortes de la Europa cristiana. Alfonso X compendió entonces la importancia de esa escuela de traductores y una corriente de copistas y sabios viajaron a la Escuela de Toledo para estudiar aquellos libros traducidos de nuevo al Latín. Roberto de Retines, Adelardo de Bath, Alfredo y Daniel de Morlay, Miguel Escoto y el más famoso de todos Gerardo de Cremona, atravesaron Europa para estudiar árabe, traducir y copiar aquel tesoro de conocimiento, cuyos volúmenes copiados marchaban en pos de las universidades de Oxford, Paris, Chartres o Reims, muy necesitadas de fondos bibliotecarios.

oresme nicolasUna de esas furgonetas de Amazon llegó a la Universidad de Nápoles. En el cargamento viajaba Ética para Nicomaco, de Aristóteles y ese libro cayó en manos de un joven monje de la orden de los Predicadores, al que sus compañeros llamaban el Buey Mudo, por su corpulencia y por el atento silencio que prestaba a sus compañeros en las discusiones de teología. Se llamaba Tomás de Aquino.

Tomás de Aquino incorpora a la teología cristiana las categorías aristotélicas, determinando la naturaleza de las cosas por su esencia universal: había nacido el iusnaturalismo con la doctrina del derecho natural de Tomás de Aquino.  Con él cesó definitivamente la confusión agustiniana del Reino de los Cielos con el orden público y el derecho, la confusión entre la Justicia natural y la salvación del alma. Y en el terreno del derecho público, Tomás de Aquino prepara el terreno para la reconquista de la  autonomía del Estado frente a la Iglesia, restaurando una teoría profana de la soberanía. El rompe con el monismo agustino y postula que en el mundo mortal más vale obedecer al Rey que al Papa, pues el Rey no existe por derecho sagrado sino por derecho natural. Retoma la noción aristotélica del hombre como animal político, de forma natural destinado a vivir bajo una jerarquía humana y en un estado organizado. Pese a que el orden natural de la sociedad queda aún subordinado a la salvación, que es sobrenatural, la autonomía del primero sobre la segunda, crea el derecho moderno iusnaturalista como rama del conocimiento definitivamente desgajado de la teología cristiana, que definitivamente se emancipa de la tutela de Dios con la proposición de Grotius: “El derecho natural sería tal mismo que Dios no existiese”: Etiamsi daremos (…) non esse Deum”.

El universo medieval de Tomás de Aquino era un mundo de categorías aristotélicas: generalidades, géneros, especies: ‘los hombres’, ‘la familia’ ‘la sociedad’, ‘las cosas’, las plantas’, ‘los minerales’… Tomás de Aquino había tomado prestado el concepto aristotélico de ‘orden natural’. Dios creo al hombre a su imagen y semejanza. El hombre es un ser social por naturaleza: la sociedad humana emula a la naturaleza en sus reglas. El hombre nace con deberes, y por tal motivo, adquiere derechos. El deber –impuesto por la Ley natural- precede al Derecho. Así desarrolla el concepto de ‘autonomía privada’: el libre albedrío concedido por Dios al hombre.

Tomás de Aquino había tomado prestado el concepto aristotélico de ‘orden natural’. Dios creo al hombre a su imagen y semejanza. El hombre es un ser social por naturaleza: la sociedad humana emula a la naturaleza en sus reglas. El hombre nace con deberes, y por tal motivo, adquiere derechos. El deber –impuesto por la Ley natural- precede al Derecho. Así desarrolla el concepto de ‘autonomía privada’: el libre albedrío concedido por Dios al hombre.

tomaso de aquino

Gilles Deleuze resume magistralmente las cuatro proposiciones tomistas que caracterizan el derecho iusnaturalista:

Primera proposición: una cosa se define por su esencia. El derecho natural es entonces lo que es conforme a la esencia de algo. La esencia del hombre es: animal racional, y eso define su derecho natural.

Segunda proposición, el derecho natural no remite a un estado que precede a la sociedad. El estado de naturaleza es el estado conforme a la esencia en una buena sociedad. ¿Qué es lo que se llama una buena sociedad? Se llamará buena sociedad a una sociedad donde el hombre pueda realizar su esencia. Entonces el estado de naturaleza no está antes del estado social; el estado de naturaleza es el estado conforme a la esencia en la mejor sociedad posible, es decir la más apta para realizar la esencia. He aquí la segunda proposición del derecho natural clásico.

Tercera proposición: lo primero es el deber. Solo tenemos derechos en tanto que tenemos deberes. Políticamente esto es muy práctico. En efecto, ¿qué es el deber? Tenemos aquí un concepto de Cicerón que es muy propio de los latinos, e indica esta idea del deber funcional. Los deberes de función traducen el término officium, y uno de los libros más importantes de Cicerón, en lo que concierne al derecho natural, es un libro titulado "De Officiis", respecto a los derechos funcionales. ¿Por qué es primero el deber en la existencia? Es que el deber son precisamente las condiciones bajo las cuales yo puedo realizar mejor la esencia, es decir tener una vida conforme a la esencia, en la mejor sociedad posible.

Cuarta proposición: : entonces hay competencia de alguien superior, sea la iglesia, sea el príncipe o sea el sabio. Hay un saber de las esencias. Entonces el hombre que sabe las esencias será apto para decirnos al mismo tiempo como conducirnos en la vida. Entonces, si se resume esta concepción clásica del derecho natural, de golpe se comprende por qué el cristianismo va a interesarse por esta concepción antigua del derecho natural. El cristianismo lo integrará en lo que llama la teología natural, y hará de éste una de sus piezas fundamentales.

El Iusnaturalismo tomista pronto dejaría la puerta abierta al iuspositivismo inspirado por los monjes nominalistas con motivo del mayor enfrentamiento intelectual habido en la edad media. La escuela nominalista revoluciona el derecho natural cuando la orden franciscana se sintió atacada por el papado en los acontecimientos que pasaron a la historia como ‘la querella de la pobreza’. La orden de monjes mendicantes de San Francisco había hecho voto de pobreza. El Papa Inocencio  III reconoció la Orden de los Frailes Menores en 1209, siendo esta la primera orden mendicante. A partir de ese momento todas sus tierras, conventos y granjas pertenecerían al Papa: ellos sólo tenían el ‘usus’ de tales propiedades. El misticismo medieval por la pobreza llegó al extremo de provocar divisiones en la orden franciscana entre conventistas y espiritualistas –los fratichelli- cuyo radicalismo terminó por provocar la movilización política de la curia romana.

franciscanos

En plena querella de la pobreza ambientó Umberto Eco los acontecimientos dramáticos que narra en su genial novela ‘El nombre de la Rosa’. Su protagonista, un monje aventajado para su época, se llama Guillermo de Baskerville y es un claro guiño del autor a Ockham, retratado como un talentoso observador de lo empírico. De hecho dudó en llamarle por su nombre. El apellido finalmente escogido alude a sus excepcionales dotes indagatorias y hace honor al personaje universal de Conan Doyle en ‘El sabueso de Baskerville’: Mr. Holmes, Mr. Sherlock Holmes.

El Papa Juan XXII decidió terminar con esa peligrosa exaltación de la pobreza, esa desviación protocomunista de la fe y llamó a capítulo a  Miguel de Cesena, el Mestre prior de la orden franciscana. Entre las medidas específicas de lucha contra los ‘fratichelli’, el Papa invocó a Tomás de Aquino, quien reconocía la propiedad como un fin para el desarrollo terrenal del hombre, y así exigir que toda la orden franciscana pusiera la propiedad de sus tierras a nombre de la orden (y de paso pagara impuestos por ellas a Roma). El requerimiento de Juan XXII supuso un escándalo mayúsculo para aquellos místicos e incendió los ánimos de los franciscanos. Como buen Papa prerrenacentista, Juan XXII desconocía la máxima florentina de ‘Divide y vencerás’ y metió en el mismo saco a los fratichelli, a Ockham y a Miguel de Cesena.

Guillermo de Ockham

El resultado no se hizo esperar. En las universidades, dominadas por frailes de la orden, desde Oxford a París o Bolonia, corrió como la pólvora la oposición a las teorías ‘heréticas’ del Papa. El Papa reaccionó y dio orden a la Guardia Suiza para detener a Ockham y Miguel de Cesena. Este, que no pertenecía al ala extremista, la apoyó la revuelta y desobedeció al Papa, encargó a Guillermo de Ockham el fundamento intelectual de la oposición a las teorías romanas y tomistas, y finalmente pidió protección militar a Luis de Baviera, cuyos ejércitos se apostaron al norte de Milán para impedir el paso fuera de la península Itálica a la Guardia Suiza.

Las tesis del Papa, que publicó cuatro bulas contra la orden para obligar a los franciscanos a asumir la condición de propietarios, no era más que el derecho que enseñarán Aristóteles, Ulpiano y Tomás de Aquino, y tenía todo el fundamento romanista: según sus bulas, la afirmación franciscana de que detentaban sus bienes en tanto que sólo el usus les correspondía, pero no la propietas, ni el ius utendi, ni ninguna otra especie de ius, resultaba técnicamente inadmisible: tenían el uso estable de sus tierras, sus cobertizos, sus huertos y jardines, sus graneros y rebaños; también tenían los frutos; y detentaban el commodum, el valor íntegro de la cosa y pese a todo alegaban que todos esos bienes y derechos sobre bienes no constituían iura in re.

Los juristas del Papa afirmaban que había que restituirles a los franciscanos el derecho de propiedad pues sólo el derecho de propiedad despliega esencialmente un ius utendi y un ius fruendi, que, concebidos a perpetuidad, sólo se compadecen con el derecho de propiedad de la cosa. ¿O acaso el usufructo a perpetuidad no es en esencia la propiedad en sí? Sólo la condescendencia de los papas anteriores con los falsos escrúpulos de los franciscanos -decían las bulas- habían consentido a tomar por ellos el dominium de sus bienes, el dominium más absolutamente desnudo imaginable.

Y luego estaba aún el asunto de los bienes consumibles, donde el argumento resultaba imbatible: hasta el más necio sabe que en materia de cosas consumibles el uso equivale a la apropiación del fruto.

No pintaba bien el encargo que Miguel de Cesena hizo a Ockham. Pero Ockham no era un hombre común. Su famosa ‘navaja de Ockham’ «pluralitas non est ponenda sine necessitate» o principio de parsimonia, es un principio metodológico y filosófico según el cual, «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta». Pues bien Ockham se puso manos a lo obra y puso del revés a Tomás de Aquino: las cosas no se definen por su esencia sino por su potencia. Y primero son los derechos, luego son los deberes.

Habían nacido los derechos subjetivos.

Antón Beiras Cal

Economista. Auditor. Abogado Tributarista

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[1] Michel Villey. “La formation de la pensée juridique moderne” Press Universitaire Française, pag. 212 y ss.

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