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de Opinión Tributaria





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La reciente Cumbre del Clima no contentó a nadie. A los jóvenes porque a ellos les tocará pechar con un futuro devastador. A los científicos porque consideran insuficientes los compromisos para garantizar la contención del calentamiento global por debajo de un punto de no retorno. A los economistas porque no nos salen las cuentas: no habiéndose aprobado la regulación de un mercado de bonos de carbono, la lucha contra el cambio climático queda fiada a los impuestos. Y los impuestos son incapaces de financiar una tarea titánica, como la descarbonización de la economía.

Los impuestos ya tienen suficiente con luchar contra la desigualdad y con financiar el estado del bienestar -tareas en la que están fracasando- como para asumir más retos. Y si no que se lo digan a los chalecos amarillos de Francia.

No digo que un impuesto real y directo sobre las emisiones de carbono no sea adecuado. Quien contamine que pague. Pero los impuestos reales tienen una capacidad recaudatoria limitada. Pretender financiar la descarbonización de la economía con un impuesto sobre las emisiones es como pensar en financiar la sanidad pública con el impuesto sobre las labores del tabaco: es bueno que quien fume pague, pero sus impuestos nunca igualarán el gasto sanitario. Los impuestos son además recesivos, detraen recursos de la economía y son contraproducentes para luchar contra el calentamiento global: los bienes y servicios de los países cumplidores que paguen tributos, dejaran de ser competitivos frente a los bienes y servicios de los países incumplidores, los que más contaminan y no graven al CO2.

Luego hay que implicar al sector privado para la lucha contra el cambio climático. Y para implicar al sector privado hay que echar mano de la mano invisible que Adam Smith decía que movía los mercados, en este caso el mercado de bonos.

¿Qué son loa dichos bonos de carbono? Se lo explicaré con una anécdota que leí en un libro de Paul y Mary Sweezy, un matrimonio de economistas neokeynesianos. En un momento de su carrera profesional, los profesores Paul y Mary Sweezy se desplazan a Washington contratados como funcionarios del Congreso de los Estados Unidos. Esos jóvenes matrimonios venidos de toda la Unión pronto tuvo que gestionar su ocio y su maternidad. Mary Sweezy propuso la creación de unos bonos de canguro: a la hermandad de funcionarios del Congreso se le atribuirán dos bonos de canguro por familia. Quien quisiese salir el viernes a cenar consumiría un bono que entregaría a quien hiciese de canguro, que así aumentaría su cartera hasta tres y aumentaría también su propensión a salir de juerga. En el otoño el mercado se colapsó y entró en recesión. Se avecinaban fiestas importantes, el Halloween, el Thanksgiving Day y las navidades y todos querían ahorrar sus preciados bonos: ya nadie escuchaba Jazz en su club favorito. Paul y Mary decidieron poner en marcha una política monetaria expansiva y entregaron dos bonos adicionales a cada matrimonio. Y para ser consecuente con ese compromiso anti cíclico, Paul y Mary se los gastarán el viernes y el sábado cenando en su restaurante favorito. Pero sólo se habrán empobrecido temporalmente. Porque al siguiente fin de semana, el matrimonio que hizo de canguro se encontró con la siguiente situación financiera: Posee dos bonos de canguro originarios, que atesoraba a cara de perro para las vacaciones de navidad. Posee otros dos bonos regalados por la autoridad monetaria. Y posee otros dos entregados por su servicio al matrimonio Sweezy: ¡Se sintieron ricos y la crisis económica había terminado!

            Ahora sustituyan salir de juerga por expulsar toneladas de CO2 o gases equivalentes de efectos invernadero a la atmosfera: Consumen un bono. En cambio el matrimonio austero que atesoraba sus bonos para Halloween y el día de Acción de Gracias, conserva su bono y no lo gasta: se lo vende al que emite por encima del cupo de bonos que le ha sido adjudicado. Ahora fijémonos en los precios del bono. El primer año las empresas que ensucian necesitaran muchos bonos. Pero empresas limpias habrá en principio pocas. Luego la presión de la demanda de bonos sobre su oferta les hará subir el precio. Con los bonos por las nubes, habrá tres escenarios:

El primero, que las empresas más sucias, que consumen carbón en su proceso productivo, tendrán que subir el precio de sus mercancías: su proceso productivo además de hulla consumirá bonos, dejan de ser competitivas y se ven abocadas al cierre. En este escenario tenemos dolorosos ejemplos en Galicia, como As Pontes y Meirama.

El segundo escenario, con los bonos por las nubes, las empresas poco contaminantes harán números y les saldrá más a cuenta gastar en tecnología limpia que en comprar bonos.

El tercer escenario, con los bonos por las nubes, las empresas nada contaminantes ganarán un dinero extra con el que seguirán financiando la tecnología que les permite deshacerse de los bonos. Con el mercado de bonos se habrá activado la mano invisible de Adam Smith, se habrá creado un mercado que prima la transición tecnológica, que incentiva a la industria a la descarbonización de sus procesos productivos sin detraer ni un solo euro en impuestos.

Esta es la oportunidad perdida en la conferencia de Madrid. Por eso a los economistas no nos salen los números y los únicos satisfechos con los resultados obtenidos son los políticos que fracasaron en la negociación: han acordado "subrayar la urgencia de una mayor ambición para asegurar los mayores esfuerzos de cara a la conferencia de Glasgow de 2020”. Textualmente: subrayan que es urgente más ambición para asegurar mayores esfuerzos. ¿Les suena? ¿Les suena ese tipo de frases huecas que no dicen nada ni comprometen a nada, que parecen escritas por gente muy culta, pero que no sabe hacer números y ni tampoco hablar en Inglés? Me estoy refiriendo, claro está a nuestros políticos.

Por eso ellos sí quedaron contentos.

 

Antón Beiras Cal

Economista. Auditor. Abogado Tributarista

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*  Este artículo ha sido publicado el día 12 enero de 2020 en  Estela, suplemento dominical del diario FARO DE VIGO en en la sección del autor "Delenda est Carthago"

Tal como habíamos adelantado la semana pasada, el Tribunal General, en un duro varapalo a los servicios jurídicos de la Comisión Europea ha dictado Sentencia el pasado jueves 17 de diciembre anulando la controvertida decisión del   Tax lease que declaraba ilegales y contrarias al derecho de la unión las ayudas españolas al naval. Dos fundamentos jurídicos le bastaron al Tribunal: la falta de selectividad en las ayudas al sector naval y la falta de motivación suficiente en la Decisión anulada.

En nuestra anterior entrada señalábamos como asombrosamente la Decisión de la Comisión determinaba como ayudas incompatibles con el mercado interior a las concedidas a la construcción naval: La Decisión apreciaba la existencia de ayudas ilegales concedidas a los inversores. Ello, además de sorprendente por si mismo, choca de lleno con los requisitos de «selectividad» y «distorsión» que exige la jurisprudencia del Tribunal para apreciar la existencia de ayudas incompatibles con el mercado interior, en el sentido del artículo 107 del TFUE.

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Tanz der Gerippe" (Danza de los esqueletos, 1493). Michael Wolgemut

Flores Rojas (1)

El pasado domingo 6 de diciembre, de mañana, en el cementerio civil de mi pueblo, llevé flores a las tumbas de Sebastián Copón, Bartolo Cagafuego, Íñigo de Balboa y Diego Alatriste. Fue mi manera de celebrar el día de la Constitución y de expulsar la rabia: el martes anterior, en un acto del clúster del naval, los ponentes anunciaron que el Tribunal de Luxemburgo fallaría favorablemente el Recurso de Anulación interpuesto por los inversores españoles y el gobierno de España contra la Decisión que declaró ilegales las ayudas al naval, conocidas como ‘el tax lease’.

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